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dissabte, 25 de febrer del 2017

No creo que las putas



- Si un día tuviera la certeza de que ésas son las últimas horas que lo voy a ver, serían tristísimas.
> ¿No te gustaría saber cuándo será el última día que lo veas? Aunque eso no tiene por qué pasar, de momento os venís viendo, ¿quién sabe? A lo mejor dentro de 20 años os seguís viendo, o a lo mejor, eres tú la que se cansa la semana que viene.
- No lo sé, puede ser, quién sabe.
> ¿Pero no te gustaría saberlo si un día fuera el último que os váis a ver?
- ¿Y que mi último recuerdo con él estuviera bañado en angustia? No lo sé. Quiero creer que preferiría elegir no verle, y quedarme con el feliz último recuerdo de nuestro encuentro anterior. Pero seguramente no sería tan fuerte. Seguramente sí lo iría a ver, haríamos el amor y lloraría mucho al despedirme.
> Ya.
- Pero reconozco que me amarga un poco esto de no saber.
> Bueno amiga, incluso en las relaciones más estables, o sea, en las que convives con tu novio o novia, eso tampoco se sabe con certeza, realmente nunca sabes cuándo volverás a ver a alguien.
- Sí. Mira lo que me pasó con mi padre.
> Exacto. No te lo quería decir pero sí, mira lo que te pasó con tu padre y a otras personas que les ha pasado parecido.
- Igual prefiero pensar que si no lo vuelvo a ver es porque dejó de interesarle, no porque se murió de repente.
> O porque tú no quieres volver a verlo.
- También. Aunque ahora que lo pienso, si no lo vuelvo a ver, capaz que prefiero que sea porque se ha muerto.
> ¡Jajajajaja! Pues sí, amiga. Bien dicho. También es verdad.
- Quién me manda...
> ¿El qué?
- Ser tan puta.
> No sos puta, amiga. Además, eso que te llevas pal cuerpo.
- Ya. En realidad debería ser más puta, no creo que las putas se vayan encariñando de cuanto bicho se cogen.
> Y no. Pero Pablo no es un bicho, al menos por lo que cuentas, se nota que él también te tiene cariño. Yo también me encariñaría.
- No sé, amiga. Yo creo que para estas cosas tú eres más práctica, más lista.
> O sea, más puta ¡jajajaja!
- ¡Que no quise decir eso!
> Ya sé, tonta, te estoy jodiendo.

dimarts, 22 de novembre del 2016

Querida amiga D


Adorada amiga D:

Reconozco que esta vez me pillaste por sorpresa. Fallé en nuestra quiniela de quién manda sobre quién. Siempre mandas tú. Es una tontería. Puedo ganar yo, pero mandas tú. Tú decides cuando sales, cuando apareces sobre alguno de mis hombros, y con cariño intuyo tus pasos sobre mi omóplato. Tu llegada es dulce, es delicada, tus piecitos a penas tocan la superficie de mi suéter. Eres como Campanilla, pero algo fúnebre. Una Campanilla emo con medio flequillo tapándote un ojo. Así me gusta verte cuando te miro, me das menos miedo. 
Pero esta vez no te sentí venir, mi Campanilla gótica, mi duendecito de piecitos minúsculos, tan diminutos que ni dedos tienen. Tienen en sus puntitas pequeños garfios con los que te aferras cuando alguien trata de apartarte con una sacudida. Sabes que conmigo no los necesitas usar. Soy tuya, toma mi hombro cuélgate de mi oreja, no me avergüenzo de ti ni te oculto.
Eres mi mejor amiga, mi compañera fiel, mi indiscutible. Sos yo. Te envidio.

Tienes esa independencia y autonomía que anhelo y que se me escapa, entre mis dedos, como el agua, como la arena de la playa de Levante. Parece que se queda conmigo, parece que la puedo poseer, pero se me va porque no es mía. Porque mi independencia no conoce de suelo ni de paredes, mi independencia no se valora por metros cuadrados.
Ahí donde tú vives ¿cómo se miden los deseos? ¿quién es el que más tiene? ¿son las lágrimas vuestras monedas? Por eso me acompañas siempre cuando la tristura se recuesta en mis cejas. Por eso nunca me das consuelo ni palmaditas en el hombro, a ti no te interesa que deje de llorar. Gracias. Gracias por quedarte tú mis lágrimas y hacerte cargo. Yo, la verdad, nunca he sabido qué hacer con ellas. Gracias, amiga, por librarme de la carga de tener que hacer algo con ellas.
Hace tiempo que me di cuenta de que no me podían ahogar, ya ves tú, qué tontería. Pero supongo que es como cuando esperas que aparezca algo por la ventana, Superman, un hada, los reyes magos, algo que te lleve por siempre, que te salve de este mundo loco de adultos. Yo ahora sé que las lágrimas no pueden. Pero tú algún día sí podrás. 
Yo te veo en mi reflejo, en la compu, en el espejo, en la ventana del metro, y sé que eres muy capaz de sacarme de aquí, sólo que ahora tengo que aprender. Primero tengo que aprender por qué estoy aquí y por qué estoy aguantando todo esto.
Tú me vas a guiar, amiga, tú me vas a enseñar a ser como tú. Una herramienta de la consciencia para recordar a las personas grises que pueden quedarse de color gris. Que no hay nada de malo en permanecer gris, en ceder al peso de la tristura hasta que las cejas se toquen con los pómulos. No pasa nada cuando se descuelgan las mejillas. De verdad que no pasa nada de nada. Las mejillas caídas, raídas por dentro, colgantes, dibujan sendos surcos a los lados de la boca, que ayudan a que su expresión sea más clara, más evidente. Gracias a las mejillas colgantes y los surcos que enmarcan, no hay que ir explicando que, en el fondo, estamos tristes. Ya lo estamos en la superficie.
Amiga, llévame contigo. Estoy muy sola y contigo me llevo muy bien. Ahora, en invierno, es muy fácil para ti quedarte sobre mis hombros, tus piecitos se enganchan muy bien en los hilos del jersey. Y yo te necesito. Te extraño. No sé quién soy cuando no estoy con vos. No sé qué cara se pone, qué voz se saca, miro a mis hombros y busco tu guía. Si no te tengo de excusa ¿quién soy? Si no me acompañas en el reflejo ¿con quién me comparo, a quién me parezco?
Amiga, no te vayas. Prometo no pelearte más. Prometo llorar mucho, llorarlo todo para que te puedas quedar todas las lágrimas que necesites, y más. Prometo quedarme contigo de noche, no me acostaré, te pondré las series que nos dan igual y las pelis que no queremos terminar de ver. Cuando nos aburramos, abriré libros, los retomaré por donde los dejé y me podrás hacer la broma de siempre "ahora ya sabes por qué lo dejaste". Prometo no dormirme hasta escuchar los primeros vecinos de la mañana sacando el coche del estacionamiento. Pero prométeme que cuando despierte a medio día vas a seguir aquí, quiero que seas lo primero que vea cuando, desorientada, no sepa qué día es y busque el móvil para averiguarlo. Antes que a él te quiero ver a ti, a mi lado, en mi hombro, velando por mi.
Amiga no me dejes, porque sin ti no sé ser, no sé qué hacer, no sé cuáles son las horas normales del día. Sin tu referencia las horas pasan en el reloj sin significar nada. Veo que la gente camina más rápido o más lento, habla más alto o más bajo, a veces es de día, otras es de farola, pero sin ti en mis hombros no sé qué se supone que tendría yo que estar haciendo, qué tendría que estar diciendo, qué me tendría que estar poniendo.
Amiga, te exijo, te demando que te quedes aquí conmigo. Prometo no tomar nunca más ninguna pastilla ni escuchar a nadie que te quiera negar. Que se laven todos la boca antes si quiera de opinarte. Eres mía. O yo soy tuya. Pero no me dejes amiga. 

Te prometo mis hombros siempre.

dimarts, 3 de maig del 2016

Quien a buen árbol se arrima...


A estas alturas de la vida, todos cargamos con una importante mochila. A veces más importante para los demás que para nosotros, sus propietarios. En la mochila guardamos aquello que el tiempo nos dió permiso para enterrar, para siempre.

La mochila es el cúmulo silencioso de todas las cosas que nos han dejado una cicatriz interna. Una cicatriz enorme, desproporcionada, abultada, de otro color, que a veces pica. Tan grande que acompleja, y que nos sorprende cuando otros no la ven hasta que se la mostramos deliberadamente en un acto de honesticio purgartivo.
No hay cirugía que disimule esa cicatriz. Ni cremas. Hay maquillaje, sí, abudantes fórmulas maquillativas para disimular, tapar, y en el mejor de los casos, embellecer artificialmente esa sombra. La cicatriz esconde una sombra. La cicatriz es la manifestación material de una sombra. Cuando te encuentres con alguien que te muestra una cicatriz, no te quedes solamente con la parte estética de ese conflicto, aparentemente superado. Pregúntate ¿qué sombra estoy mirando? Las sombras pesan, y ocupan lugar. Las sombras del pasado no responden a las leyes de la física y la energía de nuestro plano terrenal. Estas sombras no desaparecen cuando alguien viene y prende una cerilla para iluminar. A veces esas sombras son tan densas que se comen la luz de la cerilla ipso facto. Esa persona que quiso urgar, averiguar, investigar, llega un momento en que se cansa de intentar iluminar ahí dentro, o se queda sin cerillas, ambas cosas pueden pasar. Cuando eso sucede miramos a ese ser frustrado y le decimos con los ojos deslucidos que gracias por el intento, que no se sienta mal, que ya sabíamos que eso iba a pasar (aunque por una milésima de segundo creímos que esa persona tendría el poder propio de los magos grises de la tierra media para iluminar las minas más profundas de nuestra mochila).

Algunas personas llevamos algunas sombras a flor de piel. Son esas en las que todavía pensamos un ratito cada día. Son casi un amigo invisible. Están acá a nuestra vera, tras nuestro hombro, asoman la cabeza (porque a veces adoptan forma símil a la humana), son como una mascota, una sombra que nos hace compañía, la queremos, la cuidamos, nos preocupamos de que esté ahí todos los días; el día que demora en aparecer, cuando lo hace, nos entra el miedo a perderla, a estar superando algo... desprenderse de una sombra es triste, tiene un duelo, nos hizo compañía, nos identificó, nos explicó quienes somos y de dónde venimos cuando nos sentimos perdidos, y ahora hace el amago de pasar a la siguiente categoría, a la de la mochila.
Cuando las sombras nos acompañan durante suficiente tiempo ellas también maduran, y piden pasar a la siguiente etapa de sus vidas sombribundas, como el bebé tiene que pasar de la cuna a la cama, la sombra necesita pasar de nuestra piel expuesta a lo profundo de nuestra mochila.

Cuando conocemos a alguien es normal que queramos hacer ver que no tenemos mochila, que somos frescos, vírgenes, recién llegados en perfectas condiciones a este mundo, depositados ahí mismo en algún punto entre la Rambla y el Palacio Legislativo por un brazo de luz extraterrestre. Entonces empieza el baile del cortejo, cuya coreografía tatuada a fuego  nos esforzamos por repetir una y otra vez ante un ejemplar del sexo opuesto. Parte de la dificultad de desarrollar esos pasos de baile está en que la mochila no se puede ver. Como mucho, podemos elegir qué mostrar si es que la tenemos tan desbordada de sombras que se nos hace imposible realizar un ritmo sin que amenace con caerse una o dos de éstas.

Mostrar nuestras sombras es un momento crucial. Es un momento de honestidad que pocos seres humanos se atrevieron jamás a transitar, y de esos pocos valientes, muchos menos aún sobrevivieron indemnes a tan terrible sacudida. Hace tiempo que este tipo de actividad se prohibió en la mayoría de países del primer mundo por sus efectos devastadores de desequilibrio en la emocionalidad de sus ciudadanos. En otros países con políticas menos desarrolladas existen algunas regulaciones al respecto, y se dice que en Corea del Norte se estaría utilizando como método de tortura (este último dato no ha podido ser confirmado aún).

Lo peor que puede pasar cuando decidimos mostrar alguna de esas sombras que elegimos meticulosamente es que se la juzgue erróneamente.

Existen seres insensatos de mentalidad jurásica y moral subdesarrollada que osan acoger nuestra sombra.

Estos seres aparecen y calientan nuestra sombra entre sus manos, luego sus brazos, y luego la abrazan, inclinan la cabeza y la reposan en ella, en nuestra sombra, cierran los ojos y respiran profundo, luego la separan de su rostro a penas unos centímetros y le sonríen ¡sonrién a nuestra sombra! ¿Qué les pasa en la cabeza, de qué la tienen llena, a quién se le ocurre abrazar así una sombra ajena? De repente sentimos que aceptamos el reto de mostrarle todas nuestras sombras a este ser extraño que se piensa especial, y así vaciamos nuestra mochila, y le lanzamos nuestras peores oscuridades como jugando a los bolos, a ver cúal es la que finalmente lo derriba. Cuando no te quedan más sombras en la mochila, este elemento simplemente se va. Sigue su camino en busca de mochilas ajenas que sacudir y achuchar. Es un bulímico de cerrazones foráneas.


Cuando alguna persona tiene este tipo de experiencia, suele suceder que se empeña en aferrarse a su zampatristuras ocasional. Queremos seguir sacando sombras de una mochila que ya no tiene nada que mochilear para que nuestro ángel guardián de negruras no se nos vaya nunca. Pero así como se nos fueron nuestras sombritas, él también se va. 

dimarts, 19 de gener del 2016

Por qué tener una rutina es importante



Desde siempre he tratado de imponerme nuevas y creativas rutinas que consideraba me ayudarían a ser mucho más productiva, y por ende, existosa. Desde bien chica, veía una película, leía un cuento o, más habitualmente, veía un capítulo de alguna serie de adolescentes californianos en los que la resolución de un personaje y su puesta en práctica le proporcionaba maravillosos resultados (aventuras y éxito social y amoroso).
Yo copiaba esa resolución, adptándola con grandes esfuerzos y resignación a mi realidad. Después, ilusionada, se la mostraba a mi madre, quien rápidamente me cacheteaba con su cheque de realidad, tras lo cual mi nueva rutina se sometía a un nuevo ajuste. Ese mismo día intentaba llevarla a la práctica. Ante la nula colaboración de la vida real, me volvía a dar cuenta, sumamente frustrada, de que tendría que re-re-reajustar mi nueva costumbre. 
Al día siguiente, ya la había olvidado por completo. Era demasiado duro convencer al mundo de mi genial idea.
A veces convencía a una amiga para que se sometiera conmigo. Cuando eso sucedía no era necesario salir de mi habitación. Con la puerta cerrada, el mundo interior era ideal para llevar a cabo mi propósito. Pero ese mundo tenía un horario fijado para el apocalipsis: cuando venía la mamá de mi amiga a buscarla. De nuevo. al día siguiente, todo el trabajo caía en el olvido. Lenguajes secretos, señas encriptadas, insignias, clubs, deportes, murales, cartas, coreografías, pulseritas de hilo, frascos de sal coloreada, servicio de peluquería y maquillaje, diseño personalizado de atuendo, etc.
Cabe aclarar que, durante la semana escolar, también es difícil de mantener un objetivo que fue creado un sábado. Ni decir que en la escuela no había lugar para ningún proyecto que implicara más dedicación que los veinte minutos del recreo.

Supongo que por eso, no sé si a causa de eso, pero de seguro sirve como importante precedente, es que hoy día me cuesta tanto continuar una nueva, saludable, mejorosa resolución new age-contable-dieta, etc, etc
Sigo el mismo método que jamás me funcionó: cuando la idea viene a mi, la pienso, la anoto, la dibujo, busco información, la planifico, me hago con los materiales necesarios, me pongo carteles y recordatorios, hago a mis allegados partícipes de mi nueva decisión de vida, me acuesto feliz y orgullosa por la elección que tomé, y al día siguiente... al día siguiente el Sol sigue saliendo por el este. 

Supongo que me olvidé de contarle al Sol que a partir de hoy todo iba a cambiar.


dimarts, 6 d’octubre del 2015

Hoy me odié porque un hombre me dejó.

Hoy, me odié porque no supe retenerlo. Me odié por ser boba. Con lo fácil que es retener a un hombre, o a cualquiera, drogas y cuerditas, nada más. Pero en el momento no se me ocurrió, porque le amaba.

Hoy, me odié porque él está con otra, que está más flaca que yo. Qué estúpida, con lo fácil que es perder peso, sólo tenía que dejarme morir un poquito y él se hubiera quedado conmigo. Cómo me odio por no haberlo pensado antes.

Hoy me odié porque se lo dije: ¡necesito odiarte! En lugar de matarlo con mi indiferencia... pero tampoco lo quiero matar, no así, figuradamente, y también me odié por eso.


Hoy me odié porque todavía me importa. Porque todavía pienso que el mundo sería más aburrido sin él. ¿Qué estaría haciendo yo ahora si él no estuviera en este mundo? Tal vez lo mismo que vos que lees esto, odiarme por hacerte perder el tiempo.

dilluns, 31 d’agost del 2015

Hoy no te quiero extrañar más.

Hoy te diría que ya no te extraño, que a penas te recuerdo, y que ya sólo me acuerdo de los momentos lindos, porque de los tristes ya me desprendí.

Pero no es así.

Hoy te diría que los años juntos no fueron en vano, que a pesar del dolor de la separación me queda un lindo aprendizaje, que el tiempo que invertí en ti no fue tiempo perdido.

Pero no es así.

Hoy te quiero odiar. Quiero decirte que te extraño, que extraño nuestra vida juntos, que permanece tu forma en el sofá y en mi corazón. Que aún no llegó quien lo deforme y lo adapte a un nuevo inquilino.

Pero no es así.

Hoy mis amigos me dicen que estoy mejor que nunca. Que estoy brillante, más guapa, más alegre, más graciosa. Que me saqué una sombra de encima, que la libertad me hace bien.

Pero no es así.

Hoy te digo que no me siento, que no me hallo. Que mi nuevo yo está incómodo en este sofá de una plaza con olor a nuevo que no elegí.

divendres, 20 de març del 2015

El día de mi 32 cumpleaños, en que no cambió nada



El día de mi 32 cumpleaños, en que no descubrí nada.


Me levanto de la cama como un día más. Mi novio me abraza y me dice por cuarta o quinta vez “feliz cumple”. Me pregunta cuáles son mis planes para hoy: trabajar. Nada muy loco, nada fuera de lo habitual.

Me fijo en el horario de clases del gimnasio, tal vez me quiero dar un homenaje de auto cultivo del cuerpo, decirme que como hoy es mi día me voy a dedicar a sentirme más flaca, más sana, a ver si hay alguna clase de zumba para al menos bailotear un poco. Nada. Las mismas clases que el viernes pasado. Obvio, no va a haber una agenda especial por ser mi cumple.
Me ducho. Me pongo mi poyera favorita, la más larga y holgada, se podría decir que la misma que uso prácticamente todos los días desde que empezó el verano. Y hoy puede convertirse también en la que uso desde que empezó el otoño.
Libero mi escritorio de las capas de mugre que acumulo sobre cualquier superfície plana en mi rincón de la casa, porquerías varias, la mayoría de las cuales terminan siendo depositadas en otra superfície plana de la habitación.
Cenaré en un lugar lindo con mi novio y un par de amigas empeñadas en acompañarme hoy por mi cumple. Se lo agradezco a los tres. Lo mismo de cada viernes, casi, pero hoy es mi cumple.
No espero regalos. Cuando era chiquitita le decía a mi mamá “Felicidades mama”, y eso yo ya lo consideraba EL regalo. Total, ella es la madre, y su roll es el de encargarse de los regalos de la familia, el mío es el de darle un beso y hacerle un dibujo. Hoy yo no soy madre, y mi regalo es un “Feliz cumple amor” con un abrazo y un beso, y un “hoy es tu día, vos decidís qué querés hacer”. La verdad es que siempre decido qué hacemos, sea 20 de marzo o sea cualquier viernes del año.
Satisfactoriamente siento un profundo sosiego, paz, tranquilidad, cero ansiedad. Gracias al pedacito de alprazolam que sabiamente me tomé anoche antes de dormir. Una de las cosas buenas que tiene la edad es el poder acumular un fondo de botiquín para cuando se te resfría el cerebro. Y la sabiduría y tranquilidad de poder utilizarlo sin drama, como cuando uno se pone protector solar antes de ir a tomar sol, simplemente porque sabe lo que pasaría si no lo hiciera. Así que me tomo mi cuartito de aceprax y hoy me siento con la garantía de estar bien.
Como decía, en mi 32 cumpleaños no espero regalos, porque sé que ya tengo de todo y en casa no hay lugar para más trastos. Pero sí los deseo, extraño la emoción de rasgar un envoltorio misterioso que esconde una sorpresa. Cuando sos grande no te envuelven los regalos. Te los dan en la bolsa de la tienda donde fueron adquiridos y te dicen “Feliz cumple, dentro está el ticket de cambio”. Ser grande te enseña que por muy considerado que parezca quedarse con los regalos que no te gustan, porque se valora más el gesto que el objeto, la verdad es que es un desperdicio de plata y no hay nada de malo en cambiarlo por algo que sí vayas a usar. Ser grande también es ser práctica. Si hoy me preguntaran qué quiero que me regalen, sea lo que sea, respondería que quiero que alguien venga y me limpie la casa a fondo. Ése sería mi mejor regalo hoy.


Este texto no tiene conclusión ni moraleja. 

diumenge, 3 de febrer del 2013

30 días para los 30 (IV)


Con mi nuevo plan de vida adulta y sana descubrí que hay mil y una formas distintas de incorporar el ejercicio a una rutina sedentaria y pasiva. Y hay mil y dos excusas para no hacerlo.

Bajarte del bus una parada antes para hacer el resto caminando, implica llegar a la oficina tarde y transpirada.

Ir de pie en el bus y hacer como que no ves que hay un asiento vacío, bajo la presión de miradas y ofertas inquisidoras de caballeros que viajan de pié y no comprenden por qué razón suicida o feminista neo liberal, ¡no quieres sentarte!

Aprovechar el buen tiempo para regresar a casa paseando, en lugar de llegar corriendo para aprovechar los únicos 20 minutos al día de control total del televisor.

O, aprovechar el atardecer para salir a caminar por la rambla, atestada de playistas, deportistas, bañistas, mateistas, y un largo listado de –istas, todos con un perfecto y equilibrado aroma entre sudor de “me baño cuando llegue a casa” y Hawian tropic.

No señor@s, el verano está hecho para tomar sol en la terraza/balcón de la casa de uno, con el mínimo de tela encima, y de grados en la cerveza.

A ver si me explico, no es que no le ponga voluntad, es que la lógica refuta todo argumento.

Al fin y al cabo el secreto para sentirse bien está en estar a gusto con una misma. Aceptarse tal y como se es, con tus particularidades que te hacen única y… y… perdón, se me voló la página del libro de autoayuda.

(Continuará)

dissabte, 19 de gener del 2013

30 días para los 30 (III)





Me pongo manos a la obra para llegar a los 30 lo más parecida a Rachel Green. Salvando las distancias económicas que facilitan que ella pueda llevar las mechas perfectas, las raíces al día y que, muy a pesar de la plata, algo evidente y que no tiene arreglo, es que ella no salió del mismo útero que yo.

Me dispongo a diseñar un plan que yo llamo “Divina o muerte, y solvente”: dieta, ejercicio, y, lo más importante, una extensa biblioteca de libros de auto-ayuda en pdf e impresos en la oficina.

A mi edad (expresión que indica que ya empiezo a aceptarla, aprecien una evolución) una ya está de vuelta de dietas… me las conozco todas, y al final después de empezar tantas como lunes tiene el año, siempre llego a la misma conclusión: Tal vez no será la más efectiva pero sí la más divertida, mi dieta favorita es la del cucurucho. Y punto.

Tengo asumido que los carbohidratos son más malos que el hijo de Hitler con Bin Laden y los reconozco fácilmente, así como un catálogo de alimentos cargados por el diablo de los que inclusive te digo a grandes rasgos la cantidad calórica de maldad que contienen por porción. Nada despreciable en alguien que jamás se aprendió ni de pedo la primera fila de la tabla periódica.

Hace tiempo que para mi las papas pasaron a llamarse carbohidratos, la carne proteínas, la verdura fibra, el aceite grasa, y el cacao en polvo… la razón de vivir.

Las modas también afectan a las corrientes alimenticias, es por eso que la leche a veces es buena y a veces es cancerígena, la soja a veces es sana y a veces es un nido de pesticidas, el huevo a veces es beneficioso y a veces es la fuente de la que brota el colesterol mundial, el aceite de oliva a veces es gourmet y a veces es peor que si lo sacaran de la grasera de un McDonalds.

Así, todo lo que me queda es chupar un cubito de hielo. No engorda, no produce cáncer y no atenta contra la vida de ningún animal (al menos que se haya comprobado por el momento).

Gracias a los libros de auto-ayuda asumí qué tan importante son los aprendizajes de la infancia y cómo repetimos los patrones adquiridos durante los primeros años de vida. Eso me llevo a idear un nuevo sistema para cumplir con la dieta:
Una grabación de voz que se activa cuando abro la heladera, y me espeta: ¡¡¡A la boca no que es caca!!!

Si alguien se anima a probarlo, le sugiero que pida a su madre que le ponga la voz a la grabación. Tal vez no pierda peso pero la regresión promete ser un auténtico viaje.

(Continuará)

dijous, 10 de gener del 2013

30 días para los 30 (II)





A los 30, yo me imaginaba habiendo hecho una serie de cosas que la sociedad te empuja a pensar que deben ser así, y para las que sin chance de rectificar, me acabo de dar cuenta de que ya estoy tarde:  la depilación definitiva, un blanqueamiento dental y un brushing progresivo. Parece fácil, no lo es.

La depilación definitiva: Para la que paradójicamente te tienes que comprar cuponeras, o sea, que no se sabe a partir de qué momento empieza a ser definitiva, pero ellos ya le pusieron así el nombre, de puro márketing no más.

Aprovechando las ofertas de Woow, he andado mostrando la cotorra por cuantos centros de “estética” (dígase de cualquier centro de placer sadomasoquista femenino contemporáneo) se hayan publicado en Pocitos y parte del extranjero. Sin embargo, unos incipientes pelitos me indican que cumpliré los treinta y me seguiré depilando. ´Definitivo´ será el día que mande a la luz pulsada a la mierda, me haga hippie y me deje crecer las barbas cual novia de Gimli.

El blanqueamiento dental: que parece ser la Meca de las dentaduras sanas, ya que, siempre que me fui a interesar por uno de esos tratamientos, me descartaron por tener principio de caries (siempre son “principios de…”, creo que mis caries son tan inmaduras como yo y nunca llegan a su plenitud como tales, porque todos los años están en “principios de”), raíces ligeramente expuestas, y las encías levemente inflamadas. Todo es “principio, leve o ligeramente”, o sea, ni tan tan como hacerme un tratamiento, ni tan poco como hacerme el blanqueamiento… Y yo sigo con los dientes amarillos.

El brushing progresivo, de un tiempo a esta parte, se ha convertido en el nuevo “enlarge your pennis”. Cientos de e-mails spámicos a diario llegan ofreciendo un pelo más liso que el de un japonés almidonado, y yo, que he visto como amigas y compañeras se lo aplican, siempre llego a la misma conclusión: dura dos días, pero tú tienes que seguir usando los productos específicos durante el resto de tu vida lacea.

Acondicionador para el pelo quemado, graso, quebrantable, liso, ondulado, muy rizado, seco, castigado, teñido, permanentado, planchado, anticaída, con caspa, sérum, crema, crema de 3 minutos, de 1 minuto, nocturna, para peinado, anti friz,… ¿Dónde quedaron los tiempos del “Wash&go” Lavado y listo? – Qué poca visión de mercado la de estos señores, quién iba a pensar que a nosotras, imberbes, nos pueda gustar solucionarlo todo con un potecito 2 en 1, y ¿qué hacemos con el resto de las repisas del baño? Tanta superficie libre se nos llena de polvo…

(Continuará)

diumenge, 15 de gener del 2012

I am normal



Montevideo 15 de enero de 2012.

Crecemos viendo teleseries (en su mayoría yankis) que nos educan en que hay que despreciar lo mediocre para ser especiales, porque ser especial es lo mejor.

Lo mejor suele ser descrito como: fuera de serie, único, excepcional,… Y nos convencen de que en la vida tenemos que dejarnos la piel para lograr siquiera acercarnos a la maravillosidad de sentirnos, por un momento, los mejores, y por ende, especiales. Pero, ojo a la letra pequeña, no basta con que una se sienta especial, ni si quiera varias veces al día, tienen que sentirlo los demás y también tienen que reconocerlo públicamente, sino no eres más que una común vanidosilla con aspiraciones.

Cuando me piden que me defina, mi respuesta es siempre la misma: normal. “Pero, defíneme normal en tus palabras”. Bueno, en mis palabras y en las de cualquiera, normal significa NORMAL. Incluso en inglés, la más internacional de las lenguas (mientras en secundaria no enseñen chino como segunda lengua) se escribe igual, N O R M A L.

Normal es que sea histérica, en esos momentos del mes o de la vida (normalmente cuando a él más le jode), histeriqueo. Normal es que no soy una mujer hollibudiense, ni mucho menos de autor, más bien soy de película de domingo a la tarde. Normal es que no entallo en nada, porque (¡oh diosas del diseño!, acá una revelación) ¡mi cuerpo tiene varias tallas a la vez! y a veces hasta cambian dentro del mismo día (ni te cuento después de las 6pm en verano). Normal es ponerme triste cuando alguien me trata mal, y ponerme contenta cuando alguien me hace sentir querida, y si pasa dentro de la misma hora, sí, es normal estar triste y contenta con unos minutos de diferencia. No soy aNORMALmente inteligente, sólo retuve todo lo que aprendí hasta el bachillerato. No soy acomplejada, simplemente no evidencio lo que no me gusta de mí (¿no es normal?).

Seamos realistas, en una fabricación en serie, lo que se sale de ella no sirve, se aparta y se tira. Lo único se margina, y lo excepcional se valora por lo efímero de su existencia (a veces hasta con esperanza de que realmente no se vuelva a repetir).

Si fuera ideal no existiria, si fuera el producto de tus deseos, no escribiría esto.

Así que, estimad@s, mi recomendación como ser mediocre asumido, es que cada mañana, cuando se miren al espejo, se digan tres veces: “Gracias (Dios, mamá o súper ente de su elección) por hacerme normal”. Probemos, y quizás así nos sorprenderemos al ver lo frecuentemente especiales que somos.