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dimarts, 22 de novembre del 2016
Querida amiga D
Adorada amiga D:
Reconozco que esta vez me pillaste por sorpresa. Fallé en nuestra quiniela de quién manda sobre quién. Siempre mandas tú. Es una tontería. Puedo ganar yo, pero mandas tú. Tú decides cuando sales, cuando apareces sobre alguno de mis hombros, y con cariño intuyo tus pasos sobre mi omóplato. Tu llegada es dulce, es delicada, tus piecitos a penas tocan la superficie de mi suéter. Eres como Campanilla, pero algo fúnebre. Una Campanilla emo con medio flequillo tapándote un ojo. Así me gusta verte cuando te miro, me das menos miedo.
Pero esta vez no te sentí venir, mi Campanilla gótica, mi duendecito de piecitos minúsculos, tan diminutos que ni dedos tienen. Tienen en sus puntitas pequeños garfios con los que te aferras cuando alguien trata de apartarte con una sacudida. Sabes que conmigo no los necesitas usar. Soy tuya, toma mi hombro cuélgate de mi oreja, no me avergüenzo de ti ni te oculto.
Eres mi mejor amiga, mi compañera fiel, mi indiscutible. Sos yo. Te envidio.
Tienes esa independencia y autonomía que anhelo y que se me escapa, entre mis dedos, como el agua, como la arena de la playa de Levante. Parece que se queda conmigo, parece que la puedo poseer, pero se me va porque no es mía. Porque mi independencia no conoce de suelo ni de paredes, mi independencia no se valora por metros cuadrados.
Ahí donde tú vives ¿cómo se miden los deseos? ¿quién es el que más tiene? ¿son las lágrimas vuestras monedas? Por eso me acompañas siempre cuando la tristura se recuesta en mis cejas. Por eso nunca me das consuelo ni palmaditas en el hombro, a ti no te interesa que deje de llorar. Gracias. Gracias por quedarte tú mis lágrimas y hacerte cargo. Yo, la verdad, nunca he sabido qué hacer con ellas. Gracias, amiga, por librarme de la carga de tener que hacer algo con ellas.
Hace tiempo que me di cuenta de que no me podían ahogar, ya ves tú, qué tontería. Pero supongo que es como cuando esperas que aparezca algo por la ventana, Superman, un hada, los reyes magos, algo que te lleve por siempre, que te salve de este mundo loco de adultos. Yo ahora sé que las lágrimas no pueden. Pero tú algún día sí podrás.
Yo te veo en mi reflejo, en la compu, en el espejo, en la ventana del metro, y sé que eres muy capaz de sacarme de aquí, sólo que ahora tengo que aprender. Primero tengo que aprender por qué estoy aquí y por qué estoy aguantando todo esto.
Tú me vas a guiar, amiga, tú me vas a enseñar a ser como tú. Una herramienta de la consciencia para recordar a las personas grises que pueden quedarse de color gris. Que no hay nada de malo en permanecer gris, en ceder al peso de la tristura hasta que las cejas se toquen con los pómulos. No pasa nada cuando se descuelgan las mejillas. De verdad que no pasa nada de nada. Las mejillas caídas, raídas por dentro, colgantes, dibujan sendos surcos a los lados de la boca, que ayudan a que su expresión sea más clara, más evidente. Gracias a las mejillas colgantes y los surcos que enmarcan, no hay que ir explicando que, en el fondo, estamos tristes. Ya lo estamos en la superficie.
Amiga, llévame contigo. Estoy muy sola y contigo me llevo muy bien. Ahora, en invierno, es muy fácil para ti quedarte sobre mis hombros, tus piecitos se enganchan muy bien en los hilos del jersey. Y yo te necesito. Te extraño. No sé quién soy cuando no estoy con vos. No sé qué cara se pone, qué voz se saca, miro a mis hombros y busco tu guía. Si no te tengo de excusa ¿quién soy? Si no me acompañas en el reflejo ¿con quién me comparo, a quién me parezco?
Amiga, no te vayas. Prometo no pelearte más. Prometo llorar mucho, llorarlo todo para que te puedas quedar todas las lágrimas que necesites, y más. Prometo quedarme contigo de noche, no me acostaré, te pondré las series que nos dan igual y las pelis que no queremos terminar de ver. Cuando nos aburramos, abriré libros, los retomaré por donde los dejé y me podrás hacer la broma de siempre "ahora ya sabes por qué lo dejaste". Prometo no dormirme hasta escuchar los primeros vecinos de la mañana sacando el coche del estacionamiento. Pero prométeme que cuando despierte a medio día vas a seguir aquí, quiero que seas lo primero que vea cuando, desorientada, no sepa qué día es y busque el móvil para averiguarlo. Antes que a él te quiero ver a ti, a mi lado, en mi hombro, velando por mi.
Amiga no me dejes, porque sin ti no sé ser, no sé qué hacer, no sé cuáles son las horas normales del día. Sin tu referencia las horas pasan en el reloj sin significar nada. Veo que la gente camina más rápido o más lento, habla más alto o más bajo, a veces es de día, otras es de farola, pero sin ti en mis hombros no sé qué se supone que tendría yo que estar haciendo, qué tendría que estar diciendo, qué me tendría que estar poniendo.
Amiga, te exijo, te demando que te quedes aquí conmigo. Prometo no tomar nunca más ninguna pastilla ni escuchar a nadie que te quiera negar. Que se laven todos la boca antes si quiera de opinarte. Eres mía. O yo soy tuya. Pero no me dejes amiga.
Te prometo mis hombros siempre.
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dimarts, 3 de maig del 2016
Quien a buen árbol se arrima...
A estas alturas de la
vida, todos cargamos con una importante mochila. A veces más importante para
los demás que para nosotros, sus propietarios. En la mochila guardamos aquello
que el tiempo nos dió permiso para enterrar, para siempre.
La mochila es el cúmulo silencioso de todas
las cosas que nos han dejado una cicatriz interna. Una cicatriz enorme,
desproporcionada, abultada, de otro color, que a veces pica. Tan grande que
acompleja, y que nos sorprende cuando otros no la ven hasta que se la mostramos
deliberadamente en un acto de honesticio purgartivo.
No hay cirugía que
disimule esa cicatriz. Ni cremas. Hay maquillaje, sí, abudantes fórmulas
maquillativas para disimular, tapar, y en el mejor de los casos, embellecer
artificialmente esa sombra. La cicatriz esconde una sombra. La cicatriz es la
manifestación material de una sombra. Cuando te encuentres con alguien que te
muestra una cicatriz, no te quedes solamente con la parte estética de ese
conflicto, aparentemente superado. Pregúntate ¿qué sombra estoy mirando? Las
sombras pesan, y ocupan lugar. Las sombras del pasado no responden a las leyes
de la física y la energía de nuestro plano terrenal. Estas sombras no
desaparecen cuando alguien viene y prende una cerilla para iluminar. A veces
esas sombras son tan densas que se comen la luz de la cerilla ipso facto. Esa
persona que quiso urgar, averiguar, investigar, llega un momento en que se
cansa de intentar iluminar ahí dentro, o se queda sin cerillas, ambas cosas
pueden pasar. Cuando eso sucede miramos a ese ser frustrado y le decimos con
los ojos deslucidos que gracias por el intento, que no se sienta mal, que ya
sabíamos que eso iba a pasar (aunque por una milésima de segundo creímos que
esa persona tendría el poder propio de los magos grises de la tierra media para
iluminar las minas más profundas de nuestra mochila).
Algunas personas llevamos
algunas sombras a flor de piel. Son esas en las que todavía pensamos un ratito
cada día. Son casi un amigo invisible. Están acá a nuestra vera, tras nuestro
hombro, asoman la cabeza (porque a veces adoptan forma símil a la humana), son
como una mascota, una sombra que nos hace compañía, la queremos, la cuidamos,
nos preocupamos de que esté ahí todos los días; el día que demora en aparecer,
cuando lo hace, nos entra el miedo a perderla, a estar superando algo...
desprenderse de una sombra es triste, tiene un duelo, nos hizo compañía, nos
identificó, nos explicó quienes somos y de dónde venimos cuando nos sentimos
perdidos, y ahora hace el amago de pasar a la siguiente categoría, a la de la
mochila.
Cuando las sombras nos
acompañan durante suficiente tiempo ellas también maduran, y piden pasar a la
siguiente etapa de sus vidas sombribundas, como el bebé tiene que pasar de la
cuna a la cama, la sombra necesita pasar de nuestra piel expuesta a lo profundo
de nuestra mochila.
Cuando conocemos a
alguien es normal que queramos hacer ver que no tenemos mochila, que somos
frescos, vírgenes, recién llegados en perfectas condiciones a este mundo,
depositados ahí mismo en algún punto entre la Rambla y el Palacio Legislativo
por un brazo de luz extraterrestre. Entonces empieza el baile del cortejo, cuya
coreografía tatuada a fuego nos
esforzamos por repetir una y otra vez ante un ejemplar del sexo opuesto. Parte
de la dificultad de desarrollar esos pasos de baile está en que la mochila no
se puede ver. Como mucho, podemos elegir qué mostrar si es que la tenemos tan
desbordada de sombras que se nos hace imposible realizar un ritmo sin que amenace
con caerse una o dos de éstas.
Mostrar nuestras sombras
es un momento crucial. Es un momento de honestidad que pocos seres humanos se
atrevieron jamás a transitar, y de esos pocos valientes, muchos menos aún
sobrevivieron indemnes a tan terrible sacudida. Hace tiempo que este tipo de
actividad se prohibió en la mayoría de países del primer mundo por sus efectos
devastadores de desequilibrio en la emocionalidad de sus ciudadanos. En otros países
con políticas menos desarrolladas existen algunas regulaciones al respecto, y
se dice que en Corea del Norte se estaría utilizando como método de tortura
(este último dato no ha podido ser confirmado aún).
Lo peor que puede pasar
cuando decidimos mostrar alguna de esas sombras que elegimos meticulosamente es
que se la juzgue erróneamente.
Existen seres insensatos de mentalidad jurásica
y moral subdesarrollada que osan acoger nuestra sombra.
Estos seres aparecen y
calientan nuestra sombra entre sus manos, luego sus brazos, y luego la abrazan,
inclinan la cabeza y la reposan en ella, en nuestra sombra, cierran los ojos y
respiran profundo, luego la separan de su rostro a penas unos centímetros y le
sonríen ¡sonrién a nuestra sombra! ¿Qué les pasa en la cabeza, de qué la tienen
llena, a quién se le ocurre abrazar así una sombra ajena? De repente sentimos
que aceptamos el reto de mostrarle todas nuestras sombras a este ser extraño
que se piensa especial, y así vaciamos nuestra mochila, y le lanzamos nuestras
peores oscuridades como jugando a los bolos, a ver cúal es la que finalmente lo
derriba. Cuando no te quedan más sombras en la mochila, este elemento
simplemente se va. Sigue su camino en busca de mochilas ajenas que sacudir y
achuchar. Es un bulímico de cerrazones foráneas.
Cuando alguna persona
tiene este tipo de experiencia, suele suceder que se empeña en aferrarse a su
zampatristuras ocasional. Queremos seguir sacando sombras de una mochila que ya
no tiene nada que mochilear para que nuestro ángel guardián de negruras no se
nos vaya nunca. Pero así como se nos fueron nuestras sombritas, él también se
va.
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diumenge, 14 de juliol del 2013
Crónica de un domingo a la tarde.
Crónica de un domingo a la tarde
Los últimos sucesos predecían que
ésa no iba a ser una tarde de domingo cualquiera. La sucesión de
acontecimientos de las últimas semanas, los sueños de Virginia, intuiciones y
coincidencias, que ella bien sabía que no tenían nada de casual, le vaticinaban
una tarde de las más vertiginosas, febriles, casi apocalípticas.
Los minutos pasaban, acelerados,
impulsados por un frenesí inaudito. Virginia miraba estupefacta su reloj de
aguja, que le devolvía una mirada perdida, esquizofrénica; la de un reloj que
hacía tiempo había perdido la noción de la realidad. Un reloj sin alma, sin
conciencia del tiempo, ni presente, ni futuro, ni circular.
Si Virginia, con un esfuerzo titánico,
lograba por una fracción de segundo (una fracción cada vez más relativa)
acallar las voces de su cabeza y se concentraba en un ficticio y efímero
silencio imaginado por ella, podía escuchar su propio pulso en sus sienes
transpiradas.
La incertidumbre y a la vez la
certeza de lo que estaba por venir, la excitaban de una manera como nunca
antes había experimentado, ni siquiera en sus más bizarros y drogados sueños.
Por primera vez, la imaginación de Virginia se había quedado corta. Por primera
vez era incapaz de dilucidar lo que iba a pasar.
La electricidad en el ambiente se
sentía como un cosquilleo continuo, casi un zumbido. Torpe (su perro) hacía
horas que dormitaba en el sofá. ¿Dormía o estaba muerto? ¿horas?
¿o recién acaba de acostarse? Mirar el reloj era inútil para Virginia, ya nada
medible tenía sentido ni referencia en esa tarde de domingo, en que todo estaba
a punto de cambiar.
Virginia temía levantarse de la silla
y perder el conocimiento. No sabía si tenía la tensión alta o baja, si le dolía
la cabeza o el pecho, las sensaciones en su cuerpo, que estaba por dejar de
ser, se sucedían en una celeridad mezclando todo lo que veía con todo lo que
olía y con todo lo que sabía.
Fuera lo que fuere que estaba a
punto de suceder, Virginia lo esperaba con los brazos abiertos. Estaba
preparada, y lo estaba deseando. Era cuestión de segundos, se decía, pues ella
lo veía todo a través de los ojos de su futuro. Era cuestión de segundos.
Por
fin, ALGO estaba por suceder y sacudirla y convertirla en un nuevo ser y
transportarla a una nueva realidad, donde por fin y para siempre, nada iba a
ser predecible.
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