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dimarts, 3 de maig del 2016

Quien a buen árbol se arrima...


A estas alturas de la vida, todos cargamos con una importante mochila. A veces más importante para los demás que para nosotros, sus propietarios. En la mochila guardamos aquello que el tiempo nos dió permiso para enterrar, para siempre.

La mochila es el cúmulo silencioso de todas las cosas que nos han dejado una cicatriz interna. Una cicatriz enorme, desproporcionada, abultada, de otro color, que a veces pica. Tan grande que acompleja, y que nos sorprende cuando otros no la ven hasta que se la mostramos deliberadamente en un acto de honesticio purgartivo.
No hay cirugía que disimule esa cicatriz. Ni cremas. Hay maquillaje, sí, abudantes fórmulas maquillativas para disimular, tapar, y en el mejor de los casos, embellecer artificialmente esa sombra. La cicatriz esconde una sombra. La cicatriz es la manifestación material de una sombra. Cuando te encuentres con alguien que te muestra una cicatriz, no te quedes solamente con la parte estética de ese conflicto, aparentemente superado. Pregúntate ¿qué sombra estoy mirando? Las sombras pesan, y ocupan lugar. Las sombras del pasado no responden a las leyes de la física y la energía de nuestro plano terrenal. Estas sombras no desaparecen cuando alguien viene y prende una cerilla para iluminar. A veces esas sombras son tan densas que se comen la luz de la cerilla ipso facto. Esa persona que quiso urgar, averiguar, investigar, llega un momento en que se cansa de intentar iluminar ahí dentro, o se queda sin cerillas, ambas cosas pueden pasar. Cuando eso sucede miramos a ese ser frustrado y le decimos con los ojos deslucidos que gracias por el intento, que no se sienta mal, que ya sabíamos que eso iba a pasar (aunque por una milésima de segundo creímos que esa persona tendría el poder propio de los magos grises de la tierra media para iluminar las minas más profundas de nuestra mochila).

Algunas personas llevamos algunas sombras a flor de piel. Son esas en las que todavía pensamos un ratito cada día. Son casi un amigo invisible. Están acá a nuestra vera, tras nuestro hombro, asoman la cabeza (porque a veces adoptan forma símil a la humana), son como una mascota, una sombra que nos hace compañía, la queremos, la cuidamos, nos preocupamos de que esté ahí todos los días; el día que demora en aparecer, cuando lo hace, nos entra el miedo a perderla, a estar superando algo... desprenderse de una sombra es triste, tiene un duelo, nos hizo compañía, nos identificó, nos explicó quienes somos y de dónde venimos cuando nos sentimos perdidos, y ahora hace el amago de pasar a la siguiente categoría, a la de la mochila.
Cuando las sombras nos acompañan durante suficiente tiempo ellas también maduran, y piden pasar a la siguiente etapa de sus vidas sombribundas, como el bebé tiene que pasar de la cuna a la cama, la sombra necesita pasar de nuestra piel expuesta a lo profundo de nuestra mochila.

Cuando conocemos a alguien es normal que queramos hacer ver que no tenemos mochila, que somos frescos, vírgenes, recién llegados en perfectas condiciones a este mundo, depositados ahí mismo en algún punto entre la Rambla y el Palacio Legislativo por un brazo de luz extraterrestre. Entonces empieza el baile del cortejo, cuya coreografía tatuada a fuego  nos esforzamos por repetir una y otra vez ante un ejemplar del sexo opuesto. Parte de la dificultad de desarrollar esos pasos de baile está en que la mochila no se puede ver. Como mucho, podemos elegir qué mostrar si es que la tenemos tan desbordada de sombras que se nos hace imposible realizar un ritmo sin que amenace con caerse una o dos de éstas.

Mostrar nuestras sombras es un momento crucial. Es un momento de honestidad que pocos seres humanos se atrevieron jamás a transitar, y de esos pocos valientes, muchos menos aún sobrevivieron indemnes a tan terrible sacudida. Hace tiempo que este tipo de actividad se prohibió en la mayoría de países del primer mundo por sus efectos devastadores de desequilibrio en la emocionalidad de sus ciudadanos. En otros países con políticas menos desarrolladas existen algunas regulaciones al respecto, y se dice que en Corea del Norte se estaría utilizando como método de tortura (este último dato no ha podido ser confirmado aún).

Lo peor que puede pasar cuando decidimos mostrar alguna de esas sombras que elegimos meticulosamente es que se la juzgue erróneamente.

Existen seres insensatos de mentalidad jurásica y moral subdesarrollada que osan acoger nuestra sombra.

Estos seres aparecen y calientan nuestra sombra entre sus manos, luego sus brazos, y luego la abrazan, inclinan la cabeza y la reposan en ella, en nuestra sombra, cierran los ojos y respiran profundo, luego la separan de su rostro a penas unos centímetros y le sonríen ¡sonrién a nuestra sombra! ¿Qué les pasa en la cabeza, de qué la tienen llena, a quién se le ocurre abrazar así una sombra ajena? De repente sentimos que aceptamos el reto de mostrarle todas nuestras sombras a este ser extraño que se piensa especial, y así vaciamos nuestra mochila, y le lanzamos nuestras peores oscuridades como jugando a los bolos, a ver cúal es la que finalmente lo derriba. Cuando no te quedan más sombras en la mochila, este elemento simplemente se va. Sigue su camino en busca de mochilas ajenas que sacudir y achuchar. Es un bulímico de cerrazones foráneas.


Cuando alguna persona tiene este tipo de experiencia, suele suceder que se empeña en aferrarse a su zampatristuras ocasional. Queremos seguir sacando sombras de una mochila que ya no tiene nada que mochilear para que nuestro ángel guardián de negruras no se nos vaya nunca. Pero así como se nos fueron nuestras sombritas, él también se va. 

dimarts, 19 de gener del 2016

Por qué tener una rutina es importante



Desde siempre he tratado de imponerme nuevas y creativas rutinas que consideraba me ayudarían a ser mucho más productiva, y por ende, existosa. Desde bien chica, veía una película, leía un cuento o, más habitualmente, veía un capítulo de alguna serie de adolescentes californianos en los que la resolución de un personaje y su puesta en práctica le proporcionaba maravillosos resultados (aventuras y éxito social y amoroso).
Yo copiaba esa resolución, adptándola con grandes esfuerzos y resignación a mi realidad. Después, ilusionada, se la mostraba a mi madre, quien rápidamente me cacheteaba con su cheque de realidad, tras lo cual mi nueva rutina se sometía a un nuevo ajuste. Ese mismo día intentaba llevarla a la práctica. Ante la nula colaboración de la vida real, me volvía a dar cuenta, sumamente frustrada, de que tendría que re-re-reajustar mi nueva costumbre. 
Al día siguiente, ya la había olvidado por completo. Era demasiado duro convencer al mundo de mi genial idea.
A veces convencía a una amiga para que se sometiera conmigo. Cuando eso sucedía no era necesario salir de mi habitación. Con la puerta cerrada, el mundo interior era ideal para llevar a cabo mi propósito. Pero ese mundo tenía un horario fijado para el apocalipsis: cuando venía la mamá de mi amiga a buscarla. De nuevo. al día siguiente, todo el trabajo caía en el olvido. Lenguajes secretos, señas encriptadas, insignias, clubs, deportes, murales, cartas, coreografías, pulseritas de hilo, frascos de sal coloreada, servicio de peluquería y maquillaje, diseño personalizado de atuendo, etc.
Cabe aclarar que, durante la semana escolar, también es difícil de mantener un objetivo que fue creado un sábado. Ni decir que en la escuela no había lugar para ningún proyecto que implicara más dedicación que los veinte minutos del recreo.

Supongo que por eso, no sé si a causa de eso, pero de seguro sirve como importante precedente, es que hoy día me cuesta tanto continuar una nueva, saludable, mejorosa resolución new age-contable-dieta, etc, etc
Sigo el mismo método que jamás me funcionó: cuando la idea viene a mi, la pienso, la anoto, la dibujo, busco información, la planifico, me hago con los materiales necesarios, me pongo carteles y recordatorios, hago a mis allegados partícipes de mi nueva decisión de vida, me acuesto feliz y orgullosa por la elección que tomé, y al día siguiente... al día siguiente el Sol sigue saliendo por el este. 

Supongo que me olvidé de contarle al Sol que a partir de hoy todo iba a cambiar.


dimarts, 6 d’octubre del 2015

Hoy me odié porque un hombre me dejó.

Hoy, me odié porque no supe retenerlo. Me odié por ser boba. Con lo fácil que es retener a un hombre, o a cualquiera, drogas y cuerditas, nada más. Pero en el momento no se me ocurrió, porque le amaba.

Hoy, me odié porque él está con otra, que está más flaca que yo. Qué estúpida, con lo fácil que es perder peso, sólo tenía que dejarme morir un poquito y él se hubiera quedado conmigo. Cómo me odio por no haberlo pensado antes.

Hoy me odié porque se lo dije: ¡necesito odiarte! En lugar de matarlo con mi indiferencia... pero tampoco lo quiero matar, no así, figuradamente, y también me odié por eso.


Hoy me odié porque todavía me importa. Porque todavía pienso que el mundo sería más aburrido sin él. ¿Qué estaría haciendo yo ahora si él no estuviera en este mundo? Tal vez lo mismo que vos que lees esto, odiarme por hacerte perder el tiempo.

dilluns, 31 d’agost del 2015

Hoy no te quiero extrañar más.

Hoy te diría que ya no te extraño, que a penas te recuerdo, y que ya sólo me acuerdo de los momentos lindos, porque de los tristes ya me desprendí.

Pero no es así.

Hoy te diría que los años juntos no fueron en vano, que a pesar del dolor de la separación me queda un lindo aprendizaje, que el tiempo que invertí en ti no fue tiempo perdido.

Pero no es así.

Hoy te quiero odiar. Quiero decirte que te extraño, que extraño nuestra vida juntos, que permanece tu forma en el sofá y en mi corazón. Que aún no llegó quien lo deforme y lo adapte a un nuevo inquilino.

Pero no es así.

Hoy mis amigos me dicen que estoy mejor que nunca. Que estoy brillante, más guapa, más alegre, más graciosa. Que me saqué una sombra de encima, que la libertad me hace bien.

Pero no es así.

Hoy te digo que no me siento, que no me hallo. Que mi nuevo yo está incómodo en este sofá de una plaza con olor a nuevo que no elegí.

diumenge, 3 de febrer del 2013

30 días para los 30 (IV)


Con mi nuevo plan de vida adulta y sana descubrí que hay mil y una formas distintas de incorporar el ejercicio a una rutina sedentaria y pasiva. Y hay mil y dos excusas para no hacerlo.

Bajarte del bus una parada antes para hacer el resto caminando, implica llegar a la oficina tarde y transpirada.

Ir de pie en el bus y hacer como que no ves que hay un asiento vacío, bajo la presión de miradas y ofertas inquisidoras de caballeros que viajan de pié y no comprenden por qué razón suicida o feminista neo liberal, ¡no quieres sentarte!

Aprovechar el buen tiempo para regresar a casa paseando, en lugar de llegar corriendo para aprovechar los únicos 20 minutos al día de control total del televisor.

O, aprovechar el atardecer para salir a caminar por la rambla, atestada de playistas, deportistas, bañistas, mateistas, y un largo listado de –istas, todos con un perfecto y equilibrado aroma entre sudor de “me baño cuando llegue a casa” y Hawian tropic.

No señor@s, el verano está hecho para tomar sol en la terraza/balcón de la casa de uno, con el mínimo de tela encima, y de grados en la cerveza.

A ver si me explico, no es que no le ponga voluntad, es que la lógica refuta todo argumento.

Al fin y al cabo el secreto para sentirse bien está en estar a gusto con una misma. Aceptarse tal y como se es, con tus particularidades que te hacen única y… y… perdón, se me voló la página del libro de autoayuda.

(Continuará)

dissabte, 19 de gener del 2013

30 días para los 30 (III)





Me pongo manos a la obra para llegar a los 30 lo más parecida a Rachel Green. Salvando las distancias económicas que facilitan que ella pueda llevar las mechas perfectas, las raíces al día y que, muy a pesar de la plata, algo evidente y que no tiene arreglo, es que ella no salió del mismo útero que yo.

Me dispongo a diseñar un plan que yo llamo “Divina o muerte, y solvente”: dieta, ejercicio, y, lo más importante, una extensa biblioteca de libros de auto-ayuda en pdf e impresos en la oficina.

A mi edad (expresión que indica que ya empiezo a aceptarla, aprecien una evolución) una ya está de vuelta de dietas… me las conozco todas, y al final después de empezar tantas como lunes tiene el año, siempre llego a la misma conclusión: Tal vez no será la más efectiva pero sí la más divertida, mi dieta favorita es la del cucurucho. Y punto.

Tengo asumido que los carbohidratos son más malos que el hijo de Hitler con Bin Laden y los reconozco fácilmente, así como un catálogo de alimentos cargados por el diablo de los que inclusive te digo a grandes rasgos la cantidad calórica de maldad que contienen por porción. Nada despreciable en alguien que jamás se aprendió ni de pedo la primera fila de la tabla periódica.

Hace tiempo que para mi las papas pasaron a llamarse carbohidratos, la carne proteínas, la verdura fibra, el aceite grasa, y el cacao en polvo… la razón de vivir.

Las modas también afectan a las corrientes alimenticias, es por eso que la leche a veces es buena y a veces es cancerígena, la soja a veces es sana y a veces es un nido de pesticidas, el huevo a veces es beneficioso y a veces es la fuente de la que brota el colesterol mundial, el aceite de oliva a veces es gourmet y a veces es peor que si lo sacaran de la grasera de un McDonalds.

Así, todo lo que me queda es chupar un cubito de hielo. No engorda, no produce cáncer y no atenta contra la vida de ningún animal (al menos que se haya comprobado por el momento).

Gracias a los libros de auto-ayuda asumí qué tan importante son los aprendizajes de la infancia y cómo repetimos los patrones adquiridos durante los primeros años de vida. Eso me llevo a idear un nuevo sistema para cumplir con la dieta:
Una grabación de voz que se activa cuando abro la heladera, y me espeta: ¡¡¡A la boca no que es caca!!!

Si alguien se anima a probarlo, le sugiero que pida a su madre que le ponga la voz a la grabación. Tal vez no pierda peso pero la regresión promete ser un auténtico viaje.

(Continuará)

dijous, 10 de gener del 2013

30 días para los 30 (II)





A los 30, yo me imaginaba habiendo hecho una serie de cosas que la sociedad te empuja a pensar que deben ser así, y para las que sin chance de rectificar, me acabo de dar cuenta de que ya estoy tarde:  la depilación definitiva, un blanqueamiento dental y un brushing progresivo. Parece fácil, no lo es.

La depilación definitiva: Para la que paradójicamente te tienes que comprar cuponeras, o sea, que no se sabe a partir de qué momento empieza a ser definitiva, pero ellos ya le pusieron así el nombre, de puro márketing no más.

Aprovechando las ofertas de Woow, he andado mostrando la cotorra por cuantos centros de “estética” (dígase de cualquier centro de placer sadomasoquista femenino contemporáneo) se hayan publicado en Pocitos y parte del extranjero. Sin embargo, unos incipientes pelitos me indican que cumpliré los treinta y me seguiré depilando. ´Definitivo´ será el día que mande a la luz pulsada a la mierda, me haga hippie y me deje crecer las barbas cual novia de Gimli.

El blanqueamiento dental: que parece ser la Meca de las dentaduras sanas, ya que, siempre que me fui a interesar por uno de esos tratamientos, me descartaron por tener principio de caries (siempre son “principios de…”, creo que mis caries son tan inmaduras como yo y nunca llegan a su plenitud como tales, porque todos los años están en “principios de”), raíces ligeramente expuestas, y las encías levemente inflamadas. Todo es “principio, leve o ligeramente”, o sea, ni tan tan como hacerme un tratamiento, ni tan poco como hacerme el blanqueamiento… Y yo sigo con los dientes amarillos.

El brushing progresivo, de un tiempo a esta parte, se ha convertido en el nuevo “enlarge your pennis”. Cientos de e-mails spámicos a diario llegan ofreciendo un pelo más liso que el de un japonés almidonado, y yo, que he visto como amigas y compañeras se lo aplican, siempre llego a la misma conclusión: dura dos días, pero tú tienes que seguir usando los productos específicos durante el resto de tu vida lacea.

Acondicionador para el pelo quemado, graso, quebrantable, liso, ondulado, muy rizado, seco, castigado, teñido, permanentado, planchado, anticaída, con caspa, sérum, crema, crema de 3 minutos, de 1 minuto, nocturna, para peinado, anti friz,… ¿Dónde quedaron los tiempos del “Wash&go” Lavado y listo? – Qué poca visión de mercado la de estos señores, quién iba a pensar que a nosotras, imberbes, nos pueda gustar solucionarlo todo con un potecito 2 en 1, y ¿qué hacemos con el resto de las repisas del baño? Tanta superficie libre se nos llena de polvo…

(Continuará)

dissabte, 5 de gener del 2013

30 días para los 30




30 días para los 30.


La ficha me cayó viendo Friends. Lo cual en sí ya denota una edad. Porque no te puede caer la ficha de los 30 viendo Hanna Montana y escuchando One Direction. O sí, lo cuál sería mucho peor y más que dar para una crisis daría para un suicidio rápido e indoloro.

La crisis de los 30 tampoco te puede llegar viendo Sex & the City. Con Sex & the City más bien desearías ser una norteamericana aria judía de alrededor de 45 años. Serie donde supuestamente rompen “todos los tabús respecto a la libertad del sexo femenino” pero en 6 temporadas de 20 capítulos (excepto en la 5ª, en que Sara Jessica Parker se queda embarazada, y se queda en 8 capítulos)  no se menciona una sola vez el herpes genital, así como un abanico importante de enfermedades venéreas que estas señoras divertidas y desinhibidas seguramente hayan podido contemplar y no precisamente a través del escaparate de Manolo Blahnik.

Pero volviendo al tema en cuestión, el susodicho trance tampoco te podría agarrar viendo MacGyver en TCM (ésa más que ninguna otra denotaría una edad). Sin embargo las series de la infancia tienen algo que te desconectan de la realidad, te llevan a aquella época en que por primera vez viste a Richard Dean Anderson corriendo por las calles de un supuesto Pais Vasco tan atestado de terroristas como de encierros taurinos. Aquella época en que los 30 era la edad que tenían la mayoría de tus profesores VIEJOS, aquellos que estaban casados y con hijos…. Hijos capaz que hasta de tu edad, ¡puag!, profesores que podrían ser tus padres pero que no te imaginabas teniendo una vida fuera de la escuela…
La puta crisis tampoco te puede agarrar viendo Bola de Drac (Dragon Ball) en internet. Ahora que es hasta cool encontrar alguna remera con alguno de los personajes (diosa salve a Amancio Ortega y sus secuaces), reviendo Parker Lousie can´t loose, o tarareando la canción de los Osos Gummi.

A mi los 30 me sorprendieron cual porrazo de Mosso jugando al cagatió, mientras veía como una Rachel Green (Jennifer Aniston ya muy pasada de los 30, pero por diosa que yo hubiera querido estar así a los 25) amanece profundamente deprimida en su 30º cumpleaños, con un pelo perfecto, un novio pendejo perfecto, unos amigos perfectos, y un trabajo perfecto (me perdí el capítulo en que pasa de trabajar de moza a ejecutiva de Ive Saint Laurent, ¿alguien me lo pasa?), porque se da cuenta de que cumplió 30 años y no hizo nada de todo eso que ella había planeado en su pasado, para su futuro, ahora, su presente.

Y yo, que lo único que quería era encontrar algo gracioso en la TV para evadirme un poco, recién llegada de la oficina, con una coleta flúor mal agarrada, el maquillaje por el piso, descalza y con el botón del pantalón desabrochado desde el ascensor, porque la retención de líquidos sigue siendo un problema que el día que se resuelva abastezco a media región sub-Sahariana.

Y es ahí, justo en ese preciso momento, riéndome ajena a todo, en que por una fracción de segundo, esa conversación subtitulada me suena en algo familiar, y echo cuentas, corroboro, confirmo y certifico que tengo 29 años, que estoy más cerca de los 30 que de los 28, MÁS CERCA DE LOS 30 QUE DE LOS 28, y no hay “tip” de la Cosmopolitan que me diga cómo maquillarme ante tremenda revelación.



(Continuará...)