Me pongo manos a la
obra para llegar a los 30 lo más parecida a Rachel Green. Salvando las
distancias económicas que facilitan que ella pueda llevar las mechas perfectas,
las raíces al día y que, muy a pesar de la plata, algo evidente y que no tiene
arreglo, es que ella no salió del mismo útero que yo.
Me dispongo a
diseñar un plan que yo llamo “Divina o muerte, y solvente”: dieta, ejercicio,
y, lo más importante, una extensa biblioteca de libros de auto-ayuda en pdf e
impresos en la oficina.
A mi edad
(expresión que indica que ya empiezo a aceptarla, aprecien una evolución) una
ya está de vuelta de dietas… me las conozco todas, y al final después de
empezar tantas como lunes tiene el año, siempre llego a la misma conclusión:
Tal vez no será la más efectiva pero sí la más divertida, mi dieta favorita es
la del cucurucho. Y punto.
Tengo asumido que
los carbohidratos son más malos que el hijo de Hitler con Bin Laden y los
reconozco fácilmente, así como un catálogo de alimentos cargados por el diablo
de los que inclusive te digo a grandes rasgos la cantidad calórica de maldad
que contienen por porción. Nada despreciable en alguien que jamás se aprendió
ni de pedo la primera fila de la tabla periódica.
Hace tiempo que
para mi las papas pasaron a llamarse carbohidratos, la carne proteínas, la
verdura fibra, el aceite grasa, y el cacao en polvo… la razón de vivir.
Las modas también
afectan a las corrientes alimenticias, es por eso que la leche a veces es buena
y a veces es cancerígena, la soja a veces es sana y a veces es un nido de
pesticidas, el huevo a veces es beneficioso y a veces es la fuente de la que
brota el colesterol mundial, el aceite de oliva a veces es gourmet y a veces es
peor que si lo sacaran de la grasera de un McDonalds.
Así, todo lo que me
queda es chupar un cubito de hielo. No engorda, no produce cáncer y no atenta contra
la vida de ningún animal (al menos que se haya comprobado por el momento).
Gracias a los
libros de auto-ayuda asumí qué tan importante son los aprendizajes de la
infancia y cómo repetimos los patrones adquiridos durante los primeros años de
vida. Eso me llevo a idear un nuevo sistema para cumplir con la dieta:
Una grabación de
voz que se activa cuando abro la heladera, y me espeta: ¡¡¡A la boca no que es
caca!!!
Si alguien se anima
a probarlo, le sugiero que pida a su madre que le ponga la voz a la grabación.
Tal vez no pierda peso pero la regresión promete ser un auténtico viaje.
(Continuará)


