Con mi nuevo plan de vida adulta
y sana descubrí que hay mil y una formas distintas de incorporar el ejercicio a
una rutina sedentaria y pasiva. Y hay mil y dos excusas para no hacerlo.
Bajarte del bus una parada antes
para hacer el resto caminando, implica llegar a la oficina tarde y transpirada.
Ir de pie en el bus y hacer como
que no ves que hay un asiento vacío, bajo la presión de miradas y ofertas
inquisidoras de caballeros que viajan de pié y no comprenden por qué razón
suicida o feminista neo liberal, ¡no quieres sentarte!
Aprovechar el buen tiempo para regresar
a casa paseando, en lugar de llegar corriendo para aprovechar los únicos 20
minutos al día de control total del televisor.
O, aprovechar el atardecer para
salir a caminar por la rambla, atestada de playistas, deportistas, bañistas,
mateistas, y un largo listado de –istas, todos con un perfecto y equilibrado
aroma entre sudor de “me baño cuando llegue a casa” y Hawian tropic.
No señor@s, el verano está hecho
para tomar sol en la terraza/balcón de la casa de uno, con el mínimo de tela
encima, y de grados en la cerveza.
A ver si me explico, no es que no
le ponga voluntad, es que la lógica refuta todo argumento.
Al fin y al cabo el secreto para sentirse bien está en estar
a gusto con una misma. Aceptarse tal y como se es, con tus particularidades que
te hacen única y… y… perdón, se me voló la página del libro de autoayuda.
(Continuará)