A estas alturas de la
vida, todos cargamos con una importante mochila. A veces más importante para
los demás que para nosotros, sus propietarios. En la mochila guardamos aquello
que el tiempo nos dió permiso para enterrar, para siempre.
La mochila es el cúmulo silencioso de todas
las cosas que nos han dejado una cicatriz interna. Una cicatriz enorme,
desproporcionada, abultada, de otro color, que a veces pica. Tan grande que
acompleja, y que nos sorprende cuando otros no la ven hasta que se la mostramos
deliberadamente en un acto de honesticio purgartivo.
No hay cirugía que
disimule esa cicatriz. Ni cremas. Hay maquillaje, sí, abudantes fórmulas
maquillativas para disimular, tapar, y en el mejor de los casos, embellecer
artificialmente esa sombra. La cicatriz esconde una sombra. La cicatriz es la
manifestación material de una sombra. Cuando te encuentres con alguien que te
muestra una cicatriz, no te quedes solamente con la parte estética de ese
conflicto, aparentemente superado. Pregúntate ¿qué sombra estoy mirando? Las
sombras pesan, y ocupan lugar. Las sombras del pasado no responden a las leyes
de la física y la energía de nuestro plano terrenal. Estas sombras no
desaparecen cuando alguien viene y prende una cerilla para iluminar. A veces
esas sombras son tan densas que se comen la luz de la cerilla ipso facto. Esa
persona que quiso urgar, averiguar, investigar, llega un momento en que se
cansa de intentar iluminar ahí dentro, o se queda sin cerillas, ambas cosas
pueden pasar. Cuando eso sucede miramos a ese ser frustrado y le decimos con
los ojos deslucidos que gracias por el intento, que no se sienta mal, que ya
sabíamos que eso iba a pasar (aunque por una milésima de segundo creímos que
esa persona tendría el poder propio de los magos grises de la tierra media para
iluminar las minas más profundas de nuestra mochila).
Algunas personas llevamos
algunas sombras a flor de piel. Son esas en las que todavía pensamos un ratito
cada día. Son casi un amigo invisible. Están acá a nuestra vera, tras nuestro
hombro, asoman la cabeza (porque a veces adoptan forma símil a la humana), son
como una mascota, una sombra que nos hace compañía, la queremos, la cuidamos,
nos preocupamos de que esté ahí todos los días; el día que demora en aparecer,
cuando lo hace, nos entra el miedo a perderla, a estar superando algo...
desprenderse de una sombra es triste, tiene un duelo, nos hizo compañía, nos
identificó, nos explicó quienes somos y de dónde venimos cuando nos sentimos
perdidos, y ahora hace el amago de pasar a la siguiente categoría, a la de la
mochila.
Cuando las sombras nos
acompañan durante suficiente tiempo ellas también maduran, y piden pasar a la
siguiente etapa de sus vidas sombribundas, como el bebé tiene que pasar de la
cuna a la cama, la sombra necesita pasar de nuestra piel expuesta a lo profundo
de nuestra mochila.
Cuando conocemos a
alguien es normal que queramos hacer ver que no tenemos mochila, que somos
frescos, vírgenes, recién llegados en perfectas condiciones a este mundo,
depositados ahí mismo en algún punto entre la Rambla y el Palacio Legislativo
por un brazo de luz extraterrestre. Entonces empieza el baile del cortejo, cuya
coreografía tatuada a fuego nos
esforzamos por repetir una y otra vez ante un ejemplar del sexo opuesto. Parte
de la dificultad de desarrollar esos pasos de baile está en que la mochila no
se puede ver. Como mucho, podemos elegir qué mostrar si es que la tenemos tan
desbordada de sombras que se nos hace imposible realizar un ritmo sin que amenace
con caerse una o dos de éstas.
Mostrar nuestras sombras
es un momento crucial. Es un momento de honestidad que pocos seres humanos se
atrevieron jamás a transitar, y de esos pocos valientes, muchos menos aún
sobrevivieron indemnes a tan terrible sacudida. Hace tiempo que este tipo de
actividad se prohibió en la mayoría de países del primer mundo por sus efectos
devastadores de desequilibrio en la emocionalidad de sus ciudadanos. En otros países
con políticas menos desarrolladas existen algunas regulaciones al respecto, y
se dice que en Corea del Norte se estaría utilizando como método de tortura
(este último dato no ha podido ser confirmado aún).
Lo peor que puede pasar
cuando decidimos mostrar alguna de esas sombras que elegimos meticulosamente es
que se la juzgue erróneamente.
Existen seres insensatos de mentalidad jurásica
y moral subdesarrollada que osan acoger nuestra sombra.
Estos seres aparecen y
calientan nuestra sombra entre sus manos, luego sus brazos, y luego la abrazan,
inclinan la cabeza y la reposan en ella, en nuestra sombra, cierran los ojos y
respiran profundo, luego la separan de su rostro a penas unos centímetros y le
sonríen ¡sonrién a nuestra sombra! ¿Qué les pasa en la cabeza, de qué la tienen
llena, a quién se le ocurre abrazar así una sombra ajena? De repente sentimos
que aceptamos el reto de mostrarle todas nuestras sombras a este ser extraño
que se piensa especial, y así vaciamos nuestra mochila, y le lanzamos nuestras
peores oscuridades como jugando a los bolos, a ver cúal es la que finalmente lo
derriba. Cuando no te quedan más sombras en la mochila, este elemento
simplemente se va. Sigue su camino en busca de mochilas ajenas que sacudir y
achuchar. Es un bulímico de cerrazones foráneas.
Cuando alguna persona
tiene este tipo de experiencia, suele suceder que se empeña en aferrarse a su
zampatristuras ocasional. Queremos seguir sacando sombras de una mochila que ya
no tiene nada que mochilear para que nuestro ángel guardián de negruras no se
nos vaya nunca. Pero así como se nos fueron nuestras sombritas, él también se
va.
