El
día de mi 32 cumpleaños, en que no descubrí nada.
Me
levanto de la cama como un día más. Mi novio me abraza y me dice por cuarta o
quinta vez “feliz cumple”. Me pregunta cuáles son mis planes para hoy: trabajar. Nada muy loco, nada fuera de lo habitual.
Me
fijo en el horario de clases del gimnasio, tal vez me quiero dar un homenaje de
auto cultivo del cuerpo, decirme que como hoy es mi día me voy a dedicar a
sentirme más flaca, más sana, a ver si hay alguna clase de zumba para al menos
bailotear un poco. Nada. Las mismas clases que el viernes pasado. Obvio, no va
a haber una agenda especial por ser mi cumple.
Me ducho. Me pongo mi poyera
favorita, la más larga y holgada, se podría decir que la misma que uso
prácticamente todos los días desde que empezó el verano. Y hoy puede
convertirse también en la que uso desde que empezó el otoño.
Libero mi escritorio de las capas de mugre que acumulo sobre
cualquier superfície plana en mi rincón de la casa, porquerías varias, la mayoría de
las cuales terminan siendo depositadas en otra superfície plana de la
habitación.
Cenaré en un lugar lindo con mi novio y
un par de amigas empeñadas en acompañarme hoy por mi cumple. Se lo agradezco a
los tres. Lo mismo de cada viernes, casi, pero hoy es mi cumple.
No espero regalos. Cuando era chiquitita le decía a mi mamá “Felicidades mama”, y eso yo ya lo
consideraba EL regalo. Total, ella es la madre, y su roll es el de encargarse de los
regalos de la familia, el mío es el de darle un beso y hacerle un dibujo. Hoy
yo no soy madre, y mi regalo es un “Feliz cumple amor” con un abrazo y un beso,
y un “hoy es tu día, vos decidís qué querés hacer”. La verdad es que siempre
decido qué hacemos, sea 20 de marzo o sea cualquier viernes del año.
Satisfactoriamente
siento un profundo sosiego, paz, tranquilidad, cero ansiedad. Gracias al
pedacito de alprazolam que sabiamente me tomé anoche antes de dormir. Una de las
cosas buenas que tiene la edad es el poder acumular un fondo de botiquín para
cuando se te resfría el cerebro. Y la sabiduría y tranquilidad de poder
utilizarlo sin drama, como cuando uno se pone protector solar antes de ir a
tomar sol, simplemente porque sabe lo que pasaría si no lo hiciera. Así que
me tomo mi cuartito de aceprax y hoy me siento con la garantía de estar bien.
Como decía, en mi 32 cumpleaños no espero regalos, porque sé que ya tengo de todo y en casa
no hay lugar para más trastos. Pero sí los deseo, extraño la emoción de rasgar
un envoltorio misterioso que esconde una sorpresa. Cuando sos grande no te
envuelven los regalos. Te los dan en la bolsa de la tienda donde fueron
adquiridos y te dicen “Feliz cumple, dentro está el ticket de cambio”. Ser grande
te enseña que por muy considerado que parezca quedarse con los regalos que no
te gustan, porque se valora más el gesto que el objeto, la verdad es que es un
desperdicio de plata y no hay nada de malo en cambiarlo por algo que sí vayas a
usar. Ser grande también es ser práctica. Si hoy me preguntaran qué quiero que
me regalen, sea lo que sea, respondería que quiero que alguien venga y me
limpie la casa a fondo. Ése sería mi mejor regalo hoy.
Este
texto no tiene conclusión ni moraleja.
