Crónica de un domingo a la tarde
Los últimos sucesos predecían que
ésa no iba a ser una tarde de domingo cualquiera. La sucesión de
acontecimientos de las últimas semanas, los sueños de Virginia, intuiciones y
coincidencias, que ella bien sabía que no tenían nada de casual, le vaticinaban
una tarde de las más vertiginosas, febriles, casi apocalípticas.
Los minutos pasaban, acelerados,
impulsados por un frenesí inaudito. Virginia miraba estupefacta su reloj de
aguja, que le devolvía una mirada perdida, esquizofrénica; la de un reloj que
hacía tiempo había perdido la noción de la realidad. Un reloj sin alma, sin
conciencia del tiempo, ni presente, ni futuro, ni circular.
Si Virginia, con un esfuerzo titánico,
lograba por una fracción de segundo (una fracción cada vez más relativa)
acallar las voces de su cabeza y se concentraba en un ficticio y efímero
silencio imaginado por ella, podía escuchar su propio pulso en sus sienes
transpiradas.
La incertidumbre y a la vez la
certeza de lo que estaba por venir, la excitaban de una manera como nunca
antes había experimentado, ni siquiera en sus más bizarros y drogados sueños.
Por primera vez, la imaginación de Virginia se había quedado corta. Por primera
vez era incapaz de dilucidar lo que iba a pasar.
La electricidad en el ambiente se
sentía como un cosquilleo continuo, casi un zumbido. Torpe (su perro) hacía
horas que dormitaba en el sofá. ¿Dormía o estaba muerto? ¿horas?
¿o recién acaba de acostarse? Mirar el reloj era inútil para Virginia, ya nada
medible tenía sentido ni referencia en esa tarde de domingo, en que todo estaba
a punto de cambiar.
Virginia temía levantarse de la silla
y perder el conocimiento. No sabía si tenía la tensión alta o baja, si le dolía
la cabeza o el pecho, las sensaciones en su cuerpo, que estaba por dejar de
ser, se sucedían en una celeridad mezclando todo lo que veía con todo lo que
olía y con todo lo que sabía.
Fuera lo que fuere que estaba a
punto de suceder, Virginia lo esperaba con los brazos abiertos. Estaba
preparada, y lo estaba deseando. Era cuestión de segundos, se decía, pues ella
lo veía todo a través de los ojos de su futuro. Era cuestión de segundos.
Por
fin, ALGO estaba por suceder y sacudirla y convertirla en un nuevo ser y
transportarla a una nueva realidad, donde por fin y para siempre, nada iba a
ser predecible.
