Cusco, Perú,14 de abril.
Nadie podía vaticinar el viernes pasado que la excursión a
Como muchos de los turistas que llegan a
Pues bien, el viernes en cuestión amaneció lloviendo, precipitación que a medida que subíamos al inicio de la carretera se convertía en nieve, y una vez en el suelo, en hielo. Las dos primeras horas del recorrido, que son sobre carretera asfaltada y entre los coches y camiones conducidos por los nada ortodoxos bolivianos, las bajé intentando ver los socavones del suelo a través de mis gafas de sol empapadas y empañadas e intentando imaginarme el supuesto paisaje verde y precioso que, me habían explicado, había detrás del manto blanco de nubes que nos rodeaba.
Después llegamos al inicio de la carretera de verdad famosa y peligrosa. Uno se da cuenta porque, a parte de que prácticamente los únicos inconscientes que la transitan son grupos de turistas ataviados con los colores del equipo de su correspondiente agencia de turismo, la vía se convierte en un camino serpenteante de tierra (el viernes era barro) y piedras angostas del tamaño de un mango, que en ocasiones no mide más de un metro y medio de ancho (el camino). Empezamos la bajada con la montaña a un lado y el blanco precipicio de niebla al otro. No sabría decir si el no poder ver más allá de dos metro de profundidad del acantilado lo hacía más o menos tenebroso, pero sí puedo decir que el no poder ver más de cinco metros por delante es una putada. Afortunadamente (o no) la adrenalina sabiamente segregada por nuestro organismo ayuda a contrarrestar el bloqueo del instinto de supervivencia inicial, haciendo que a medida que agarras velocidad aquello te parezca excitante y hasta divertido. Como no podía ser de otra manera me caí. En el tramo final y a no sé qué velocidad, tuve la suerte (de nuevo el factor suerte) de derrapar hacia el exterior de una curva que se cerraba hacia el precipicio. Gracias al casco no me abrí la cabeza (cuando vuelva a Barcelona pienso comprarme uno) y gracias al resto del equipo los daños mayores se quedaron en apenas unos rasguños y moratones. A pesar de todo, gracias a la absurda sensación de subidón de la puñetera adrenalina terminé el tramo más feliz que una perdiz.
He de decir que si llego a saber antes que iba a ser así no me hubiera apuntado, aunque ahora me sienta orgullosa de haberla concluido.
Al final de la salida nos obsequiaron con un CD con las fotos y videos de la jornada (que ya subiré cuando pueda) y con la camiseta obligada de “I'm a Death Road survivor”.
Por la noche tocó fiesta de despedida de las chicas israelís con las que estuve en casi todo el viaje por Bolivia de las que nunca me olvidaré a las que quiero un montón, (Hadash, Tal, Liron, Gili, Gal y Dafna, I'll miss you!!! Nur) nos alargamos hasta más allá de las 3 de la mañana aún sabiendo que me tenía que levantar a las 5h para tomar el bus que me llevaba hasta Copacabana (Copacabana de Bolivia, ojo, no de Brasil, qué más quisiera yo...), último destino boliviano antes de cruzar la frontera peruana...
bueno ya has pasado un susto,pues haz el puñetero favor de no tener que pasar otro mas.ya sabes lo que se siente, pues procura no tener que repetirque hay piezas que al romperse no tiene racambio.un abrazo
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