
De niña, a mi padre no le gustaba nada que yo entrara en la cocina mientras la estaban usando. “¡La mayoría de accidentes domésticos suceden en la cocina y es por dejar entrar a los niños!”, me decía , y con razón.
Yo, crecí con las rodillas llenas de crostas, y en mi caso no era exclusivo de los veranos en pantanloncito corto. Pongamos que, aún a los 28, sigue siendo un clásico en mi. Al mejor estilo “Jesulín”, cuando me enfundo una mini en verano, explico con humor como esa herida me la hice bajando por la Diagonal en patines, a los 24, y muestro el complemento, la cicatriz en el antebrazo que atestigua y acompaña el relato “y esto, mientras intentaba aferrarme a un banco para frenar”.
Y es que las heridas y consecuentes cicatrices, como ya dije, no son exclusivas de los veranos en shorts, ni de la infancia. Lamentablemente (o no) una sigue dejándose llevar por impulsos de euforia, locura eventual y efímera, que termina con los dientes fregando el piso, hipotética y literalmente. Las cicatrices cada vez tardan más en curar, cosas de la edad. Como mayor te haces tu cuerpo se regenera más despacio. Y mientras evalúo el último rasguño, me vienen a la mente todas las anteriores caidas que bien me tenían que haber servido, como mínimo, para aprender a andar con la boca cerrada (como diría mi madre).
Pero es que yo (regalito divino) además de torpe, soy amnésica selectiva. Dicen los médicos y la cultura popular que, una situación traumática puede ser bloqueada por la mente para ser incapaces de volver a recordarla, como medida de supervivencia, parece ser. En mi caso se trata de una medida kamikace.
Aprendí a no correr si no es de necesidad suprema, a recordarme no torcer la punta de los pies para adentro mientras camino (para no hacerme la zancadilla a mi misma), a dejar sobre una superficie estable los objetos frágiles si es que mi atención va a ser requerrida por otro foco durante un rato, a no llevarme líquidos al sofá, a mirar por encima de mi cabeza cada vez que me levanto de recoger algo, etc.
Sin embargo, no sé por qué (esto dicho con tono de “sí sé por qué”) en otros aspectos de la vida aún no aprendí a decirme “esto no puede volver a pasar”. Tal vez sea porque para eso, ya están los demás.
