Hace más o menos un año recuerdo que estaba deseando que llegara ya el 31 de diciembre para poder dar carpetazo al 2008. El 2008 fue un año de mierda, para mi y casualmente para bastante gente de mi alrededor fue un año malo. No éramos pocos los que teníamos mucha fé en que el 2009 iba a ser mejor, iba a ser NUESTRO año, y algunos, al menos, no nos equivocamos.
Doce meses más tarde estoy todavía subida en esa ola de emociones positivas en la que convertí mi ansiado 2009, y no quiero bajarme. No es solamente que el 2009 haya sido un gran año, es que todavía lo está siendo.
Silvia, mi psicóloga, dice que diciembre es el mes de cerrar ciclos, que contra eso no se puede luchar, por todo lo que significa y conlleva, diciembre es el mes de las despedidas.
Que sí, que todo tiene un ciclo, todo tiene un principio y un final, que a veces lo bueno si breve dos veces bueno, que hay que dejar fluir, dejar ir, y dejar venir. Pero yo siento que mi “ciclo” está plenamente abierto aún en su mitad, ¿qué hacer entonces? ¿lo tengo que cerrar como una herida sin curar, supurante, y le dejo unos tubitos para que vaya drenando? ¿hago fuerza y me siento encima dando saltitos como en una maleta que seguro me hará pagar exceso de equipaje? ¿aprieto rápido y sin querer mirar como a las toallas tambaleantes del placar y cierro velozmente la puerta sabiendo que quien la vuelva a abrir se verá sepultado por una montaña de rizos de algodón?
Que alguien me diga cómo se hace para cerrar (o encerrar) esto que aún está tan vivo e inquieto. Se terminan las páginas de mi agenda, y los cuadernos del 2010 que encuentro son demasiado grandes para mi bolso.
Despido el año de los encuentros y las despedidas, recibo el año de más despedidas y los reencuentros.
De salud: con un trancazo del copón.
De ánimo: nostálgica.
Papi, mami, Cris, Inma y Yosop, os quiero y os extraño.
Nuri.